La minería es una actividad imprescindible en la sociedad actual, ya que proporciona los materiales y metales esenciales para mantener nuestro actual nivel de desarrollo. Sin embargo, también genera un elevado impacto ambiental allí donde se produce. La actividad minera no solamente transforma de manera directa el paisaje, sino que tiene un gran impacto en los ecosistemas y paisajes circundantes. Uno de los mayores problemas ambientales a los que se enfrenta la minería hoy en día es la afección a las redes fluviales cercanas. La emisión de residuos químicos y físicos a la red fluvial afecta enormemente a la calidad de las aguas, y por ende a todo el ecosistema. Por otra parte, la minería, a diferencia de otras actividades humanas con efectos transformadores y degradantes sobre el territorio (creación y crecimiento de núcleos urbanos, agricultura, ganadería...), implica una clara temporalidad: la explotación minera termina con el agotamiento de los recursos, o con el cese de su necesidad. Por ello, la minería ha de contemplar la recuperación de los terrenos, con criterios cada vez más exigentes, de forma que se mantengan, o incluso se mejoren, las características iniciales de la zona afectada. No hacerlo ha supuesto en el pasado adquirir la consideración de actividad destructiva.